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Los profesionales del libro muestran su preocupación por los efectos de una posible independencia de Cataluña
 
Opiniones políticas al margen, el sector internacional teme que Barcelona deje de ser la capital mundial de la edición en lengua castellana.

En un guiño tragicómico, la elegante caseta que por tercer año presentan conjuntamente la Generalitat y el Ayuntamiento de la capital catalana reza en letras negras y azules: “Cataluña, tierra de libros; Barcelona, ciudad de literatura”, a escasos metros del Grupo Planeta, séptimo de la lista mundial, que el pasado lunes ratificó su trasladado de sede social y fiscal de Barcelona a Madrid. A un par de metros, frente a frente a este, se halla Penguin Random House Grupo Editorial, de Bertelsmann (cuarto del mundo), que hace 48 horas vino a decir que haría lo propio de hacerse efectiva la independencia de Cataluña. Los dos grandes grupos que pugnan por la hegemonía del mercado en español… desde la capital catalana.

“El libro es muy sensible a los vaivenes políticos, no puede afectarle esa inestabilidad. Lo hizo en España en 1936 y tras la muerte de Franco o en Argentina en 1975 con la dictadura militar: empezaron y acabaron etapas de la historia de la edición. Es evidente que si Cataluña se independiza se produce un desbarajuste de redes de distribución y de todo tipo de convenios, fiscales, postales, arancelarios… Desde Barcelona hoy se cubre todo el ámbito hispano, pero si un autor de renombre como Paul Auster se edita en Barcelona, pero no tiene garantizada su difusión a todo ese ámbito, es evidente que lo hará en otro sitio”, apunta Gustavo Guerrero, desde hace 20 años editor para el área española y latinoamericana del sello francés Gallimard.
“Estoy tocada emocionalmente porque toda mi vida como editora he trabajado para tender puentes entre las distintas culturas de España y la alemana. Aquí estamos vacunados contra el nacionalismo. Si en estos tiempos globales los alemanes ya pintamos poco, cuanto más pequeño, meno pintarás. La apuesta en estos tiempos globales es Europa”, asegura emocionada Michi Strausfeld, mítica editora que trabajó en las reputadas Suhrkamp (33 años) y Fisher (los siete últimos), gran amiga de los no menos míticos editores Carlos Barral y Josep Maria Castellet, con quienes compartió iniciativas.

 “En general, la clase política en España tiene hoy el nivel cultural más bajo que le recuerdo en décadas; y eso facilita el populismo, de lo que en Italia ya tenemos experiencia con la Liga Norte y el Venetto”, contextualiza el editor Riccardo Cavallero, hoy fundador de la pequeña Società Editrice Milanese, pero consejero delegado de Random House Mondadori entre 2001 y 2010 en Barcelona. “Las multinacionales no tienen ideología: van donde menos problemas tienen y donde más ventajas van a tener y ahora la situación catalana genera incertezas, desde jurídicas a económicas, por no hablar de la imagen de manifestaciones, cargas policiales...”.

La situación, según Cavallero, solo empeorará desde la vertiente editorial para Barcelona porque “a la marcha de la sede social y fiscal de las empresas del sector le seguirá, después, la laboral: oficinas y trabajadores más cerca de los lugares de decisión”.

De igual opinión es Javier Celaya, uno de los gurús del libro en España desde su consultora Dosdoce: “A la larga, un gran grupo hace las inversiones donde se codea”. Y habla de la ruptura de la especialización del mercado entre un Madrid, más sede hasta hoy de grupos editoriales educativos, y una Barcelona, más centrada en ediciones generalistas. “Es evidente que, por facturación, la bicapitalidad se decantará hacia Madrid”, apuntan desde la Federación de Gremios de Editores de España.

Gunilla Sondell, que tiene 15 años llevando las letras románicas al gran sello de referencia de Suecia, Norstedts, opina que a Barcelona no la salvaría el gran clúster que ha creado la edición, que genera más de 4,600 empleos en la capital catalana. Un responsable de una consultora estadounidense cree, sin embargo, que la marcha de grandes grupos de Barcelona “también les debilitaría un poco porque de ellas se desgajarían trabajadores y nuevos sellos, o sea, competidores”.

“Habrá una pérdida añadida de know how; además, en los últimos años han surgido ya editoriales literarias y agentes interesantes en Madrid… Sorprende que quien acogió a Vargas Llosa o a Gabo malbarate eso”, sentencia. Esa pérdida intelectual vendría reforzada por, coinciden Cavallero y Guerrero, “la posible marginación del español, que aún haría más difícil mantener esa hegemonía editorial”, apunta este último.

“La capitalidad editorial es también literaria y este proceso drenaría esos autores hacia Madrid, especialmente sudamericanos, como ya está ocurriendo desde hace años. Lo primero que te preguntan los autores de América Latina no es por el dinero sino por el menosprecio o no a la lengua; y luego viene lo económico”, admite un agente literario que pide anonimato. Ese sector es el más inquieto: “La supuesta independencia de Cataluña te deja en un limbo fiscal que te lleva a chocar con la legalidad española o europea, a las dificultades de movimientos de cuentas corrientes y de capitales que en principio son de los autores”, comenta Pau Centellas, presidente de la Asociación de Agencias Literarias, que reúne a casi la mitad del sector español.

“Para nosotros es fundamental trabajar con los acuerdos internacionales que rigen en España y la UE y el más vital es el convenio para evitar la doble imposición, por el cual un creador no paga impuestos en dos países a la vez; si un país europeo compra los derechos de un escritor sudamericano se le retiene un 5% del IRPF; en los países sin eso la retención es de un 25%”, ejemplifica Guillermo Schavelzon, que creó en 1998 su agencia en Argentina y que en 2002 trasladó a Barcelona.

“Pontas lleva autores de 26 países distintos desde Barcelona y no nos moveremos: estaremos quizá un año y medio de transición, pero habría fórmulas para salvarlo”, opina más optimista Anna Soler-Pont. Sin embargo, Centellas, admite que varias agencias importantes barcelonesas habrían estudiado ya opciones para trasladar su sede fiscal y social a Madrid y Zaragoza.
 
* Con información de Carles Geli / El País