Diana Athill, legendaria editora británica y ella misma una autora que se ganó el reconocimiento con sus libros de memorias escritos en la vejez, falleció el pasado 23 de enero a los 101 años. “Los trabajos de Diana eran como ella misma: formidables, honestos, amenos”, ha sido el homenaje de Sigrid Raushing, responsable de la editorial Granta, a la hora de confirmar su muerte (tras una corta enfermedad) en una residencia de ancianos de Londres.
Athill fue un puntal en la casa editorial André Deutsch, donde a lo largo de cinco décadas trabajó con una impresionante nómina de autores, entre los que figuran Philip Roth, John Updike, Simone de Beauvoir, Margaret Atwood o el tan brillante como de carácter difícil VS Naipaul. Aunque se estrenó en la pluma a mediana edad, no acarició el verdadero éxito hasta ya convertida en una octogenaria con el título Stet: An Editor´s Life (2000) y, sobre todo, tras conseguir el premio literario Costa a los 91 años de la mano de una biografía donde relataba su larga y agitada vida sentimental. Los jueces reconocieron entonces esas memorias, tituladas Somewhere Towards the End (En Algún Lugar Hacia el Final), por estar “totalmente carentes de autocompasión y sentimentalismo, y sobre todo maravillosamente escritas”.
Nacida en Londres durante el bombardeo de un zepelín alemán, en 1917, aunque criada en su querida costa de Norfolk (este de Inglaterra) entre lecturas y su afición a los ponies, Diana Athill acabó decantándose por el estudio de la literatura inglesa en la universidad de Oxford. Después de trabajar para el servicio exterior de la BBC, durante la Segunda Guerra Mundial, fue fichada por un exiliado húngaro que por su condición de judío había huido desde Viena al Reino Unido, André Deutsch, para fundar una primera editorial en 1946 (Allan Wingate). Cinco años más tarde Athill seguía a su lado para respaldarle en la fundación de otra casa editorial, bajo el nombre André Deutsch, que brillaría en el sector del libro de la posguerra.
Humillaciones y placeres
Jubilada de ese puesto a los 75 años, dio un impulso a su otra carrera como escritora que había desarrollado con muchos y largos paréntesis desde la publicación, en 1962, de un relato muy personal (Instead of a Letter). Al igual que en ese libro desgranaba con franqueza la humillación sufrida en su primera juventud, a manos de un amor que la dejó plantada sin dar señales de vida durante años (y, cuando lo hizo, fue para pedirle tardíamente la ruptura de su compromiso), Athill abordó décadas más tarde y sin cortapisas los placeres del pasado, sus antiguas relaciones, temas como el amor, la mistad y la sexualidad. Nunca se casó, pero mantuvo muchas relaciones sentimentales, entre las que sobresalen los ochos años de affair con el dramaturgo jamaicano Barry Reckord. En realidad vivieron juntos durante cuatro décadas, todavía unidos por la amistad y en una componenda que ella calificó de “una especie de matrimonio distante”.
Receptora de los honores reales hace justo diez años (Orden del Imperio Británico, OBE), la autora también decidió que los últimos años de su vida no debían ser un tabú y que era necesario abordar abiertamente el proceso de envejecimiento y mirar a la cara a la muerte.
Al hablar sobre su estrecho trabajo con tantos grandes nombres de la literatura, a Diana Athill le gustaba definir su papel más como el de “nanny” (niñera) que como el de editora. “No hubiéramos publicado nunca una novela que no mereciera ser publicada tal cual nos llegaba”, rememoraba en una entrevista con la revista New Statesman en 2012, “lo único que hacía era pulirlas un poco”.
* Con información de Patricia Tubella / elpais.com